martes, 6 de marzo de 2012

NOTA EN DIARIO LA GACETA

"El arranque de un escritor es incierto; uno siente que va por la cuerda floja"
Es tucumano, pero triunfó con sus relatos en España y Estados Unidos. Su libro "Perro diablo", basada en la leyenda del familiar, es de lectura obligada en los colegios secundarios de México. "Escribir me salvó de pegarme un tiro en la cabeza", comentó. Su nuevo proyecto es una novela para adultos.

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TRAYECTORIA. A los 39 años, Orlando Romano es uno de los escritores tucumanos con más éxito en el exterior. Aún sigue escribiendo en los bares. LA GACETA/FOTO DE JORGE OLMOS SGROSSO. Mientras caminaba por la solitaria avenida Corrientes de Buenos Aires descubrió en un puesto de revistas lo que le desviaría el rumbo: un libro. No cualquiera, sino el clásico "El amor en los tiempos del cólera", de Gabriel García Márquez. Tenía 23 años y había llegado a la gran ciudad con la promesa del trabajo y las oportunidades, pero desde hacía varios meses trabajaba limpiando hipermercados. Entraba a la medianoche y salía cuando la ciudad comenzaba a despabilarse. No le alcanzaba más que para pagar un cuarto en un hotel-residencia (de esos que abundan en la Capital) para el transporte y algunas necesidades básicas. El vicio del pucho lo solucionaba levantando cigarros a medio terminar que encontraba mientras limpiaba. Orlando Romano ahora tiene 39 años, y se permite una risa compasiva. Sentado en un bar pide el tercer café de la mañana y corre hacia un costado el paquete de cigarrillos. En el cenicero humea la última colilla (de una decena).-¿Qué te pasó con el libro?- Leerlo me salvó de la soledad de Buenos Aires y me ayudó a decidirme. Pensé que a mí también me gustaría que otro lograra olvidar los problemas leyendo lo que yo escribía.- La pasabas mal...- Una vez le dije a una periodista que escribir me salvó de pegarme un tiro en la cabeza.- ¿Tanto así?- Se volvió un ávido lector de cuentos y en un cuaderno empezó a garabatear las primeras historias. Las mesas de bares eran su estudio, ese bullicio era preferible antes que la habitación del hotel ("Te encontrás cada personaje en ese lugar", dice cerrando los ojos). De chico había leído todo lo que se le cruzaba; los pocos libros que tenía en su casa de la infancia los había devorado una y otra vez. La soledad le permitió desenterrar aquello que, según él, no hubiese descubierto en Tucumán.Al poco tiempo presentó un cuento en un concurso y ganó. El premio era la publicación de un libro de relatos editado por el Centro Argentino para el Desarrollo y Difusión de Autores Noveles. "Cuentos de un minuto" fue el resultado de su trabajo. Tenía 26 años. "Cuando me nombraron como ganador sentí una emoción muy grande, quería abrazar a alguien pero había ido solo", recuerda. Lo mismo, cuando recibió el primer ejemplar con sus historias. Ese trampolín que fue el libro lo llevó a colaborar en una revista para discapacitados, que a su vez lo vinculó con un editor del diario La Nación, que lo contrató como colaborador para notas de color: frescas y originales. Trabajar para un medio le abrió las puertas al mundo de los escritores porteños, de los círculos, de los bares, de las tertulias, de las técnicas de la ficción, de las reflexiones sobre la vida y, muy importante, de los editores. Estrechó vínculos con Ana María Shua, Carlos Brasca y otro tucumano, David Lagmanovich, de quienes aprendió los secretos del microrrelato. "Aproveché para ir metiéndome de a poco en ese mundo: ¿en qué épocas escriben más? ¿el invierno genera historias de melancolía? ¿dónde escriben?", explicó.Así le llegó la oportunidad de participar de una compilación de cuentos juveniles de terror que iba a lanzar una editorial mexicana."Yo nunca había escrito una novela y menos de terror, pero me embarqué por pedido de un editor español que coordinaba la publicación", recuerda.Varios meses de trabajo que comenzaron en Buenos Aires y terminaron en Toledo, España, dieron como resultado una adaptación de la leyenda popular sobre el perro familiar. Romano había elegido un relato que le había puesto la piel de gallina cuando era chico y decidió conservar los cálidos escenarios tucumanos.Los primeros capítulos que envió a la editorial mexicana fueron decisivos. "Pasó un tiempo hasta que me contestaron diciéndome que mi cuento entraría en la serie de terror. Estaba feliz y lo curioso era que una leyenda tucumana era la que me posicionaba fuera de mi país", aclaró.En España vivió tres años y mientras escribía dabas clases en Talavera de la Reina. Su libro "Perro diablo" comenzó a ser una lectura pedida en los secundarios mexicanos.El salto a Nueva YorkDurante sus años en Buenos Aires había comenzado a entrevistar psicólogos y psiquiatras con la idea de armar un libro sobre historias de parejas. En medio del proceso le quedaban muchas anécdotas en apuntes que había levantado. Historias diminutas, reflexiones, diálogos jocosos que pintaban el mundo femenino desde todos los ángulos.Así nació "La ciudad de los amores breves", microrrelatos de historias de amor de mujeres. "El universo femenino me parece mucho más rico. Cuando escribía algo dicho por los varones lo descartaba porque no tenían la misma profundidad", confiesa.Este librito reúne más de 100 microrrelatos y fue editado en Tucumán por La aguja de buffón. En 2009 el escritor regresó a la provincia con la idea de quedarse. Los años de nómade llegaban a su fin. "No lo vi como una derrota, como pueden pensar algunos; desde aquí sigo escribiendo todos los días", agrega.Y desde allá fue que le llegó el más insólito pedido. Un círculo de lectores de Nueva York (Club Mosaico) estaba buscando un libro de algún autor latinoamericano para comprar con motivo del día de San Valentín. Escarbando encontraron "La ciudad de los amores breves" y decidieron comprar los 500 ejemplares que Orlando tenía. "Esto me sirvió para salir del círculo más bien académico en el que me encontraba. En ese club hay más de 60.000 suscriptos de todas partes", dice.Arrancó con cuentos juveniles, siguió con entrevistas y microrrelatos; ahora está inmerso en su proyecto más ambicioso: una novela para adultos. No tiene prisa ("El arranque del escritor es incierto, sentís que vas por la cuerda floja"), pero serán dos años de largas mañanas en un café: escribiendo y escribiendo. "Hoy, todo lo que viví, cuando lo cuento, me parece de película", concluye.


Juan José Hernández y eso de que nadie es profeta en su tierra.- "Creo que es un escritor que va a ser considerado en unos años como uno de los más brillantes. Con él nos veíamos en Buenos Aires y una vez me contó que una vecina de su barrio cuando se lo cruzó le dijo: 'el otro día vi un texto que estaba firmado con tu nombre: ¿sos vos el que escribís?'. Los que te conocen son los últimos en reconocerte..." (risas). -

La inquietud de un joven sobre la vida de escritor.- "Un día me llegó un mail de un joven que me decía que quería abandonar su vida aburrida de administrativo para dedicarse a escribir. Quería que yo le diera algunos consejos. Le escribí aconsejándole que debía escribir, escribir y escribir; que no era fácil y que tenía que juntar mucho material. Además, le ofrecí contactarlo con algunos editores, pero le aclaré que los réditos económicos recién comenzaban a verse después del séptimo libro. Me contestó que no tenía tiempo para escribir tanto ni ganas, que mejor iba a escribir un solo libro bueno. A veces, queremos las cosas sin poner demasiado esfuerzo". -

El bar de Toledo y cómo valoran el arte.- "Siempre me gustó escribir en bares, por lo general, elijo uno y voy todos los días. Mientras viví en Toledo frecuentaba un bar en particular. Un día se me acercó el dueño y me preguntó qué hacía; le dije 'escribo, soy escritor'. No me contestó nada y se retiró mirándome de forma extraña. Después, cada vez que me veía no quería cobrarme los cafés. Yo me acerqué y le advertí: 'mire que yo no soy conocido, no soy Borges, no soy nada'. Me respondió que no le importaba, que para él era muy importante que yo haya elegido su bar para mi arte".

1 comentario:

Sergio Cossa dijo...

Muy buena nota, Orlando.
Siempre es interesante saber cómo llegan los conocidos a ser eso: conocidos :)
Me alegra que sigas embarcado en esa novela, pero también sería bueno encontrarse con algún micro por ahí...
El dueño del bar de Toledo es un ídolo.
¡Un saludo!