San Valentín, en clave tucumana
Por Juana Libedinsky LA NACION
NUEVA YORK.- Esta es la época del año en la que, con sólo poner un pie en la calle, con el frío que golpea, una se siente cinco kilos más gorda, una década más vieja y, envuelta en un abrigo para alta montaña y una bufanda de lana, con el mismo glamour que un colchón vencido y una manta vieja.
Naturalmente, estamos en la Fashion Week, en la cual las supermodelos no tienen la decencia de restringirse a las pasarelas sino que invaden la ciudad. Sólo consuela que cuando éstas pasan al lado de las obras en construcción o de algún camión de reparto, reciben tan pocos silbidos, miradas lascivas y ocurrentes comentarios como las señoras disfrazadas de colchones. Es que en la era de lo políticamente correcto y los juicios por acoso sexual no sólo desapareció el piropo, sino todo tipo de lenguaje corporal que demuestre interés por el sexo opuesto.
Esta historia viene a colación de que, para el Día de San Valentín, un círculo de lectores de la ciudad, al escudriñar la literatura latinoamericana tras alguna perlita desconocida, decidió festejarlo comprando todos los ejemplares que un escritor argentino, Orlando Romano, sacó en su Tucumán natal. Es un libro de microrrelatos que lleva el título tremendamente neoyorquino de La Ciudad de los amores breves , con historias "bien al estilo Sex and the City ", según explica el autor.
Por todo eso se supondría que la comprensión de los textos será inmediata. Salvo que uno de ellos se refiere, justamente, a los piropos y las miradas inapropiadas, un hábito que las lectoras del club "Mosaico" -señoras de más de 40 años, y de origen latino- sólo podrían recordar si vuelven a sus países de origen.
domingo, 12 de febrero de 2012
viernes, 10 de febrero de 2012
PARA SER ESCRITOR

Son pocos los profesores o escritores profesionales que le dirán al joven escritor, o aspirante a escritor, las cosas fundamentales a tener en cuenta antes de lanzarse en esta Profesión (sí, con mayúsculas) que muchos toman como un simple Hobby o Pasatiempo o como una forma de alcanzar la fama. Cada tanto, mientras mis tiempos lo permitan, escribiré algunas sugerencias para aquellos que deseen, fervientemente, vivir DE y PARA la literatura. Sólo para ellos.
Puede resultar curioso, pero el Talento, el Ingenio, la Facilidad de Palabras y el correcto manejo del lenguaje No son lo primero que necesita un escritor. Lo que necesita es rodearse de unas pocas personas que comprendan y respeten lo que hace. Pueden ser familiares, amigos o colegas, pero debe tratarse de personas que sean capaces de dar ánimo al escritor, justamente, cuando este cae en el desánimo (cosa muy común). Es fácil que el escritor pierda la brújula al ver que sus propósitos en la vida están lejos de coincidir con el de los demás. Mientras otros progresan en sus carreras o trabajos como abogados, médicos e ingenieros, él está encerrado en su habitación imaginando historias. De manera que mi primer consejo es éste: tener cerca alguna persona (de carácter optimista), poco importa que no sea un crítico literario, pero que crea en el escritor y entienda perfectamente por qué hace lo que hace, por qué sueña lo que sueña, las cosas que lo entristecen y aquello que lo hace feliz.
Puede resultar curioso, pero el Talento, el Ingenio, la Facilidad de Palabras y el correcto manejo del lenguaje No son lo primero que necesita un escritor. Lo que necesita es rodearse de unas pocas personas que comprendan y respeten lo que hace. Pueden ser familiares, amigos o colegas, pero debe tratarse de personas que sean capaces de dar ánimo al escritor, justamente, cuando este cae en el desánimo (cosa muy común). Es fácil que el escritor pierda la brújula al ver que sus propósitos en la vida están lejos de coincidir con el de los demás. Mientras otros progresan en sus carreras o trabajos como abogados, médicos e ingenieros, él está encerrado en su habitación imaginando historias. De manera que mi primer consejo es éste: tener cerca alguna persona (de carácter optimista), poco importa que no sea un crítico literario, pero que crea en el escritor y entienda perfectamente por qué hace lo que hace, por qué sueña lo que sueña, las cosas que lo entristecen y aquello que lo hace feliz.
sábado, 3 de diciembre de 2011
LARGO ADIOS A LOS MICROS

En junio de 2006, durante la cena de cierre del Encuentro de Microficción en Buenos Aires, alguien me decía (orgulloso) que los microcuentistas éramos una raza distinta, porque todos éramos amigos y nos apreciábamos, cosa que no existía en otros géneros literarios. Esta persona tenía razón, y yo me sentí feliz de pertenecer.
El tiempo pasó (porque tiene esa costumbre), y el elenco de microrrelatistas creció hasta límites inimaginables. Hoy en día es difícil no encontrar a alguien que no escriba microficción. En Latinoamérica, semana a semana, mes a mes, se llevan a cabo todo tipo de congresos, mesas de lecturas, presentaciones de libros, concursos (absurdos en su mayoría) y muchos etcéteras. Yo quiero tener un millón de amigos, no se cansa de cantar Roberto Carlos. Sospecho que los microrrelatistas están muy cerca de cumplir con el mandato de la archiconocida canción.
¿Por qué ha pasado esto? Un fenómeno tan masivo quizás debería ser materia para psicólogos y sociólogos. ¿Por qué estas personas no escriben novelas o ensayos? Pienso, y tal vez me equivoco, que el cultor de textos brevísimos necesita (como el agua y el aire) de la aprobación permanente, de la palmada en la espalda, de los aplausos diarios (publican frenéticamente en blog, páginas web, redes sociales). El novelista, en cambio, es como un trapecista sin red, intenta su número sabiendo que puede caer y salir lastimado. Al microrrelatista, por su parte, me lo imagino vestido de payaso, sujeto por la cintura con cuerdas seguras, caminando por una cuerda floja que no representa el menor peligro (abajo sí está la red salvadora, por si fuese poco). Si no cae obtendrá los aplausos, y si resbala y se desmorona también.
Entonces, ¿cuál es el arte verdadero? Imagino la cara del trapecista sin red, viendo cómo el payaso se lleva los mayores aplausos. Él, que durante años entrenó tanto, se esforzó tanto, que ha tratado de imitar a los mejores, se sentirá indignado. Pero no puede manifestarle su malestar al dueño del circo, no puede compartir con nadie su sentimiento de injusticia, porque lo tomarán por soberbio, o por envidioso. Le quedan pocas cosas por hacer: bajar la cabeza y aceptar que se celebre la mediocridad de otro, disfrazarse él también de payaso, o abandonar el circo.
Dejemos descansar al trapecista y volvamos sobre los cultores de la brevedad extrema. Son cientos, son miles, siguen reproduciéndose como conejos (sin tener el encanto de Bugs Bunny). ¿Es arte aquello que puede ser llevado a cabo por tanta gente? Una pregunta que no sé o no quiero responderme. ¿Acaso el arte no implica un mínimo de dificultad para lograr algo bello o conmovedor? Yo lo entendía así, pero lo que pude observar a lo largo de estos últimos años es que todos los microrrelatos parecen ser buenos, porque se los aplaude en los congresos, porque reciben comentarios favorables en redes sociales, en blogs y páginas web. No sé si a alguien más le ocurrió lo mismo, pero algunas veces he sucumbido ante la presión que da la amistad, y tuve que tildar de excelente algún texto que me parecía horroroso. Me niego a hacerlo nuevamente, por respeto a lo que yo considero arte, y más aún por respeto a lo que yo considero amistad.
En mi primer libro de microrrelatos escribí que la creación de historias breves representaba para mí un juego, el juego más divertido, SERIO y apasionante de los que me había tocado participar en toda mi vida. Había leído y releído a los más grandes cultores del género, y soñaba con escribir historias así. Fue emocionante conocer en persona a Brasca, a Shua, a Lagmanovich, y disfrutar de su cercanía y amistad. Ídolos a imitar. Trabajadores de la palabra en estado puro. Ejemplos a seguir. Me recuerdo tirando cientos de textos a la basura. Me recuerdo en un café de la plaza Congreso, enojado conmigo por no poder encontrar un final mejor para un micro. Me recuerdo escribiendo cinco versiones distintas de un mismo tema, para finalmente desechar todas. No hubo juego más divertido, ni más complejo, ni más atrapante. Un juego en el que la única regla era exigirse al máximo para contar la mejor historia posible, la mejor de todos los tiempos (aún sabiendo que era imposible). Intentarlo. Hoy es un juego en el que la presencia de tantos participantes me marea y me aturde, donde las reglas no son claras (quizás no las hay), donde todos se creen Maradona con la diez en la espalda (y de hecho lo son). Un juego donde no hay exigencias de ningún tipo, donde no hace falta transpirar la camiseta, donde el triunfo (los aplausos) es seguro.
El tiempo pasó (porque tiene esa costumbre), y el elenco de microrrelatistas creció hasta límites inimaginables. Hoy en día es difícil no encontrar a alguien que no escriba microficción. En Latinoamérica, semana a semana, mes a mes, se llevan a cabo todo tipo de congresos, mesas de lecturas, presentaciones de libros, concursos (absurdos en su mayoría) y muchos etcéteras. Yo quiero tener un millón de amigos, no se cansa de cantar Roberto Carlos. Sospecho que los microrrelatistas están muy cerca de cumplir con el mandato de la archiconocida canción.
¿Por qué ha pasado esto? Un fenómeno tan masivo quizás debería ser materia para psicólogos y sociólogos. ¿Por qué estas personas no escriben novelas o ensayos? Pienso, y tal vez me equivoco, que el cultor de textos brevísimos necesita (como el agua y el aire) de la aprobación permanente, de la palmada en la espalda, de los aplausos diarios (publican frenéticamente en blog, páginas web, redes sociales). El novelista, en cambio, es como un trapecista sin red, intenta su número sabiendo que puede caer y salir lastimado. Al microrrelatista, por su parte, me lo imagino vestido de payaso, sujeto por la cintura con cuerdas seguras, caminando por una cuerda floja que no representa el menor peligro (abajo sí está la red salvadora, por si fuese poco). Si no cae obtendrá los aplausos, y si resbala y se desmorona también.
Entonces, ¿cuál es el arte verdadero? Imagino la cara del trapecista sin red, viendo cómo el payaso se lleva los mayores aplausos. Él, que durante años entrenó tanto, se esforzó tanto, que ha tratado de imitar a los mejores, se sentirá indignado. Pero no puede manifestarle su malestar al dueño del circo, no puede compartir con nadie su sentimiento de injusticia, porque lo tomarán por soberbio, o por envidioso. Le quedan pocas cosas por hacer: bajar la cabeza y aceptar que se celebre la mediocridad de otro, disfrazarse él también de payaso, o abandonar el circo.
Dejemos descansar al trapecista y volvamos sobre los cultores de la brevedad extrema. Son cientos, son miles, siguen reproduciéndose como conejos (sin tener el encanto de Bugs Bunny). ¿Es arte aquello que puede ser llevado a cabo por tanta gente? Una pregunta que no sé o no quiero responderme. ¿Acaso el arte no implica un mínimo de dificultad para lograr algo bello o conmovedor? Yo lo entendía así, pero lo que pude observar a lo largo de estos últimos años es que todos los microrrelatos parecen ser buenos, porque se los aplaude en los congresos, porque reciben comentarios favorables en redes sociales, en blogs y páginas web. No sé si a alguien más le ocurrió lo mismo, pero algunas veces he sucumbido ante la presión que da la amistad, y tuve que tildar de excelente algún texto que me parecía horroroso. Me niego a hacerlo nuevamente, por respeto a lo que yo considero arte, y más aún por respeto a lo que yo considero amistad.
En mi primer libro de microrrelatos escribí que la creación de historias breves representaba para mí un juego, el juego más divertido, SERIO y apasionante de los que me había tocado participar en toda mi vida. Había leído y releído a los más grandes cultores del género, y soñaba con escribir historias así. Fue emocionante conocer en persona a Brasca, a Shua, a Lagmanovich, y disfrutar de su cercanía y amistad. Ídolos a imitar. Trabajadores de la palabra en estado puro. Ejemplos a seguir. Me recuerdo tirando cientos de textos a la basura. Me recuerdo en un café de la plaza Congreso, enojado conmigo por no poder encontrar un final mejor para un micro. Me recuerdo escribiendo cinco versiones distintas de un mismo tema, para finalmente desechar todas. No hubo juego más divertido, ni más complejo, ni más atrapante. Un juego en el que la única regla era exigirse al máximo para contar la mejor historia posible, la mejor de todos los tiempos (aún sabiendo que era imposible). Intentarlo. Hoy es un juego en el que la presencia de tantos participantes me marea y me aturde, donde las reglas no son claras (quizás no las hay), donde todos se creen Maradona con la diez en la espalda (y de hecho lo son). Un juego donde no hay exigencias de ningún tipo, donde no hace falta transpirar la camiseta, donde el triunfo (los aplausos) es seguro.
En unos años más, todo el planeta será el escenario de este juego. Estaremos rodeados de artistas-jugadores, todos dignos de respeto. ¿Habrá lectores para todos? ¿Se leerán entre ellos y con eso bastará? Desganado, aburrido, estoy al borde del campo (a no confundir aburrimiento con desprecio). Me convenzo, no sin cierto pesar, de que nadie notará la falta de un participante más. Entre bostezos, parto en busca de otro juego, uno donde las posibilidades de fracasar sean elevadas. Si voy a fracasar, que sea en busca de una causa grande, y rodeado de unos pocos pero verdaderos amigos. Quizás el arte verdadero tenga que ver con eso: elegir un camino difícil, enfrentar los obstáculos, y al final escuchar el aplauso sincero del artista obstinado y soñador que llevamos dentro. Éxito o fracaso no importan demasiado cuando se ha entregado todo.
lunes, 31 de octubre de 2011
DECADENCIA DEL MICRORRELATO

Es una pena que un género relativamente nuevo, que nació para ser grande, haya caído tan temprano en la degradación. Internet está repleto de blogs y de páginas web donde día tras día se publican textos verdaderamente lamentables bajo el rótulo de microrrelatos. Ni hablar de la enorme cantidad de libros publicados (¿Cuántos otros hay en este preciso momento en la imprenta?) que van al encuentro de lectores ávidos de leer textos breves. ¿Qué ocurre cuando estos textos tan pobres y des-generados caen en manos de lectores, periodistas o críticos literarios genuinos? Supongo que les brotará del alma un comentario simple y contundente: ¡qué tontería, qué imbecilidad!.
Lo que ha sucedido con el microrrelato y su degradación no es un misterio: es un género cuya brevedad extrema resulta engañosa, y al mismo tiempo tentadora. Hay quienes leen las exquisitas brevedades de Monterroso, Brasca, Shua, Borges, Denevi y piensan: “qué bonito es esto, yo también puedo lograrlo, y en unos pocos minutos”. Y así es como el género de la brevedad, de pronto y sin quererlo, recluta cientos y cientos de nuevos cultores.
Pero ahí no termina la cosa, porque el nuevo aspirante advierte que, muy a menudo, demasiado a menudo, en diversas partes del mundo se realizan congresos y mesas de lecturas de microrrelatos. Y el nuevo aspirante, que pronto dejará de serlo para convertirse en profesional, allí encontrará el lugar apropiado para ocupar la misma mesa donde leen autores ya consagrados. Comienza a ser un par, un igual. Y lo mejor de todo es que llega a cosechar amistosos aplausos del público asistente cuando culmina su lectura. Sí, lo aplauden aunque lo que haya leído sea una reverenda cagada. Quienes no lo conocen se mirarán entre absortos y risueños.
¿Sirven los congresos de microrrelatos? Años atrás, claro que sí. Servían para que aquellos apasionados por el estudio exhaustivo de los textos breves se conocieran e intercambiaran conocimientos, servían para conocer nuevos autores, muchos de los cuales llegaban a los congresos invitados por alguien (estudioso y respetuoso del género) que los había descubierto.
Hoy alcanza con tener dinero suficiente para el boleto para asistir a esos encuentros. No hay más requisitos que ése. Cualquiera asiste, cualquiera lee; luego vienen las tertulias, los almuerzos, las cenas, las copas, y de allí uno sale como sintiendo una especie de hermandad de espíritu con el otro (el alcohol y el estar lejos de casa provocan estas emociones). Y de esto resulta que el aspirante a genio (ya le queda chico aspirar a escritor) se ha ganado la amistad de críticos de renombre, de antólogos, de escritores renombrados… Y cada vez que lea o publique algo en internet o en formato libro habrá que aplaudirlo o palmearle la espalda. Habrá ganado la batalla.
¿Está mal ese deseo de sobresalir y el gusto por los aplausos? Claro que no, pero para eso se inventó Gran Hermano: la fórmula perfecta para darse a conocer masivamente sin tener el menor mérito.
Y si en los congresos de microrrelatos no empiezan a poner límites, ciertas restricciones, ciertas exigencias (que los textos que se van a leer pasen por la aprobación de quienes entienden en la materia, al menos), muy pronto se convertirán en un Gran Hermano Literario donde aplaudiremos a rabiar a aquellos que sólo persiguen una cosa: que los festejen y reconozcan por no hacer absolutamente nada.
Lo que ha sucedido con el microrrelato y su degradación no es un misterio: es un género cuya brevedad extrema resulta engañosa, y al mismo tiempo tentadora. Hay quienes leen las exquisitas brevedades de Monterroso, Brasca, Shua, Borges, Denevi y piensan: “qué bonito es esto, yo también puedo lograrlo, y en unos pocos minutos”. Y así es como el género de la brevedad, de pronto y sin quererlo, recluta cientos y cientos de nuevos cultores.
Pero ahí no termina la cosa, porque el nuevo aspirante advierte que, muy a menudo, demasiado a menudo, en diversas partes del mundo se realizan congresos y mesas de lecturas de microrrelatos. Y el nuevo aspirante, que pronto dejará de serlo para convertirse en profesional, allí encontrará el lugar apropiado para ocupar la misma mesa donde leen autores ya consagrados. Comienza a ser un par, un igual. Y lo mejor de todo es que llega a cosechar amistosos aplausos del público asistente cuando culmina su lectura. Sí, lo aplauden aunque lo que haya leído sea una reverenda cagada. Quienes no lo conocen se mirarán entre absortos y risueños.
¿Sirven los congresos de microrrelatos? Años atrás, claro que sí. Servían para que aquellos apasionados por el estudio exhaustivo de los textos breves se conocieran e intercambiaran conocimientos, servían para conocer nuevos autores, muchos de los cuales llegaban a los congresos invitados por alguien (estudioso y respetuoso del género) que los había descubierto.
Hoy alcanza con tener dinero suficiente para el boleto para asistir a esos encuentros. No hay más requisitos que ése. Cualquiera asiste, cualquiera lee; luego vienen las tertulias, los almuerzos, las cenas, las copas, y de allí uno sale como sintiendo una especie de hermandad de espíritu con el otro (el alcohol y el estar lejos de casa provocan estas emociones). Y de esto resulta que el aspirante a genio (ya le queda chico aspirar a escritor) se ha ganado la amistad de críticos de renombre, de antólogos, de escritores renombrados… Y cada vez que lea o publique algo en internet o en formato libro habrá que aplaudirlo o palmearle la espalda. Habrá ganado la batalla.
¿Está mal ese deseo de sobresalir y el gusto por los aplausos? Claro que no, pero para eso se inventó Gran Hermano: la fórmula perfecta para darse a conocer masivamente sin tener el menor mérito.
Y si en los congresos de microrrelatos no empiezan a poner límites, ciertas restricciones, ciertas exigencias (que los textos que se van a leer pasen por la aprobación de quienes entienden en la materia, al menos), muy pronto se convertirán en un Gran Hermano Literario donde aplaudiremos a rabiar a aquellos que sólo persiguen una cosa: que los festejen y reconozcan por no hacer absolutamente nada.
lunes, 20 de diciembre de 2010
TODO PASA
JUEGO DE SEDUCCION
viernes, 19 de noviembre de 2010
POR QUÉ ESCRIBO

Semanas atrás me telefoneó una periodista de cierta revista literaria. Comentó que le habían encargado contactarse con un grupo de escritores para preguntarles acerca de cómo había nacido su oficio. Estaba muy entusiasmada porque, según me contó, las respuestas que venía obteniendo eran muy "coloridas" y poéticas, con mucho de "magia". Si bien el tema no me parecía (qué descubrimiento) nada original, acepté participar con mucho gusto. Entonces le dije mi verdad a la muchacha (parecía jovencita). "Mira, hace muchos años atrás yo me hospedaba en un hotel muy pobre de Buenos Aires. Estaba completamente solo, pasaba hambre y tenía frío. Entonces empecé a escribir historias, porque fue lo único que me impidió quitar el dedo del gatillo". Mi respuesta, para nada poética, no se publicó en la revista. Pienso que algunas personas deberían, de vez en cuando, darse una vuelta por el mundo real, aceptarlo, aunque no siempre sea tan mágico.
viernes, 12 de noviembre de 2010
MICRO-DESAHOGO

La sabiduría popular aconseja, sabiamente, que para hacer una carrera destacada (en cualquier campo) es conveniente acercarse a una persona de renombre (en la materia que nos concierne), alguien a cuya sombra poder crecer, desarrollarse y, tarde o temprano, sobresalir. Esta persona nos aconsejará, hará que nuestro camino hacia el éxito sea más breve (como un microrrelato), nos proporcionará contactos por demás interesantes y, en el mejor de los casos, nos abrirá puertas que, sin su apoyo, nos resultaría imposible de abrir. Y así sucede que el aspirante al estrellato pasa a ser, de la noche a la mañana, una especie de discípulo. Pero lo que no debe olvidar el discípulo es aprenderse de memoria los grandes logros de su maestro (con fechas precisas), sus grandes obras, sus éxitos... ¿Para qué? Pues, hombre, para palmearle la espalda al maestro y recordárselo permanentemente, para que no quede ninguna duda de que lo idolatramos. Llegado este punto, las invitaciones a ciertas reuniones, copetines y presentaciones de libros estarán garantizadas casi de por vida. Estrecharemos las manos de personas notables que, de otra manera, nos hubiesen ignorado por completo. Eso, sí, siempre hay que tener una frase inteligente, alguna fina humorada para lanzar en algún momento oportuno, algún que otro halago... Cuesta creerlo, pero un gesto así nos convierte en personas interesantes y queribles en cuestión de segundos, y eso facilitaría en mucho nuestra veloz carrera hacia el éxito... A esta altura yo me pregunto: ¿Está mal proceder así? Me respondo que quizás no. No, cuando la admiración hacia el maestro es sincera, cuando apreciamos y valoramos lo que hace, cuando sentimos que nuestra alma (si acaso la tenemos) está hermanada con la de él. Tampoco es cuestión de andar por la vida comportándonos como hipócritas. Porque la hipocrecía, tarde o temprano, muestra sus hilachas. Muestra sus hilachas, sobre todo, cuando el maestro ya no está, cuando nuestro comportamiento, frente a su ausencia, no se condice con todo el circo de halabanzas que habíamos montado a su alrededor. Pero lo peor de todo, para quien así se comporta, es caer en la cuenta de que el maestro no era ajeno a la falsedad del discípulo. Se daba cuenta, y sin embargo le seguía brindando lo mejor de él. David querido, vos sabías mucho, y ahora estás en un sitio donde lo sabés todo. Aquí concluye mi texto, nacido quizás de la bronca. Yo sé que vos los perdonas. Hasta siempre.
jueves, 3 de diciembre de 2009
miércoles, 25 de noviembre de 2009
viernes, 21 de agosto de 2009
domingo, 26 de julio de 2009
AQUELLA GITANA
Aquí mi tardía dedicatoria para aquella joven gitana que, en un bar de Madrid, me dijo que allí escribiría mi mejor libro, y que sería muy feliz, aunque tal vez no lo merecía (esto último lo dijo tras la tercera caña)
domingo, 12 de abril de 2009
LA SABIDURÍA DE LA ABUELA
lunes, 16 de marzo de 2009
LOS CONSEJOS DE LA ABUELA
martes, 10 de febrero de 2009
DEL DICCIONARIO DE MI ABUELA
lunes, 22 de diciembre de 2008
CEGUERA DE AMOR
jueves, 11 de diciembre de 2008
GUERRA TOTAL
FANTASMAS
Dos fantasmas charlaban en la sala principal de un museo londinense (el lugar estaba repleto de personas). Uno de ellos aseguró, alarmado, que de tanto en tanto oía ruidos extraños.
-Borra esa idea. Nadie jamás logró ver a un hombre.
sábado, 30 de agosto de 2008
jueves, 29 de mayo de 2008
AMOR POR LOS MICROS

Desde muy pequeño amé los libros. Leí mucho y de todo. Encontré la felicidad en novelas, cuentos, poemas, ensayos... Poco a poco la literatura se fue convirtiendo en mi Dios.
Cuando, como una revelación, descubrí que no quería hacer otra cosa en la vida mas que leer y escribir, me pregunté en qué dirección debía apuntar mis mayores esfuerzos.
En Toledo hay un viejo bibliotecario al que siempre voy a visitar para escucharle decir: "Todas las grandes obras tienen un sedimento de eternidad, pero de un microrrelato es el Reino".
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