martes, 10 de junio de 2014

TODO VOLVERA

Tiene leña la casa de la niñez,

Más que leña, guitarra.

Cómo echarte al olvido.

La galería y mi abuelo,

El limonero y los mangos.

El mesón gigante, las risas y el pan.

La ternura de un perro jugando

Conmigo entre las plantas.

La siesta sagrada y el temor al duende.

Las manos con harina de aquella

Tía solterona.

Qué lindo era, desde allí,

Mirar el cielo de Tucumán.

No quiero otra suerte

Que la de volverte a ver.




CALLES DE MADRUGADA

Perro viejo, callejero, te veo beber de un charco al costado de la calle. Un gato se acerca y bebe a sus anchas. No sé si has visto en el agua tus ojos cansados, tus ojos oscuros de oscura hora. Sí sé que suspiraste, sí sé que al desaparecer calle abajo, y me miraste, también comprendiste.


martes, 21 de enero de 2014

viernes, 22 de noviembre de 2013

Y A VECES TAMBIÉN


Despertar un domingo y mirar al sol como a un adversario. Recordar con enfado que ya es momento de regar las plantas. Atravesar un parque despoblado sin siquiera mirar los árboles.  Comprar comida hecha u olvidarse de comer. Acariciar sin ganas a la gata mimosa. Abrazar sin risas al amigo entrañable. Andar por las bulliciosas calles como un sordo. Pedir que no moleste al vagabundo que estira su mano. Caminar despacio cuando es muy tarde. No temer nunca más al jefe despiadado. Escuchar con desinterés la sugerencia del médico. Sentir un nudo en la garganta a cualquier hora. Dormir con la compañía del televisor encendido. Despertar el lunes y mirar al sol como un adversario. Esto también es amor. Implacable amor.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

viernes, 19 de octubre de 2012

MI POBRE OFICIO

     Siempre me identifiqué con los niños pobres. Con los más desposeídos. Mi infancia realmente nada tuvo que ver con las carencias; las necesidades se presentaron, sí, pero fue durante mi adolescencia y mi juventud. Cuando veo a los chicos pobres me invade la sensación de que hay un artista en potencia en todos ellos, o un hombre que llenaría de gloria a toda su nación. Pero el hecho de no tener nada puede estropear el mejor de los futuros. Soñar mucho con algo, creer en ese algo y luchar por hacerlo realidad no alcanza para conseguirlo. Se necesita que la vida te haga un guiño cada tanto. El esfuerzo y la fe en uno mismo, lo único que garantizan es que nuestro sueño siempre estará un poco más cerca, a diferencia de los que no hacen nada y se quedan quietos, teniéndose lástima y pensando que la vida es muy injusta. Mucho o poco, si algo exitoso o de valía he logrado con mi oficio, todo está dedicado a los niños pobres. Porque yo me siento uno de ellos: siempre descalzo, siempre hambriento, salvaje e indefenso a la vez, y también un poco loco.

miércoles, 29 de agosto de 2012

lunes, 16 de julio de 2012

CONGRESOS DE MICROFICCION: ¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL A LOS CUENTOS?


Quién no ha practicado algún deporte durante su juventud con algún grupo de inseparables camaradas… Yo tenía el mío, y disfrutábamos retozando detrás de un balón. Dentro del grupo había estupendos jugadores, otros menos dotados, y una minoría que realmente era de madera. Diez años atrás, de visita en mi ciudad, coincidí con algunos de ellos en una cena. Resultó gracioso escuchar a los más pataduras del ayer, los más habladores: se adjudicaban prodigiosas hazañas deportivas en desmedro de los que habían convertido goles dignos de Maradona. Todos reíamos, nos dolía el estómago de tanto reír, y aquellos desmañados nos parecían tipos merecedores de nuestro más sincero cariño y simpatía (de hecho, lo eran). Aquella noche yo tenía treinta años. Quizás resulte superfluo señalar que para casi todos los niños del planeta, la figura del héroe está encarnada en su padre. Para mi hijo de seis años, naturalmente, soy más que Súperman y el Hombre Araña, más que Batman, más que Gardel… Ahora que vivo nuevamente en mi ciudad natal, coincido repetidamente con viejos miembros de esa ex pandilla futbolera. Días atrás, para mi cumpleaños número cuarenta, me regalé la dicha de juntarlos a casi todos para festejar en mi casa. Entre ellos venía X, un verdadero patadura. Nuevamente narró sus quiméricas hazañas deportivas, y de nuevo nos reímos. Y volvió a adjudicarse el gol de penal que nos proclamó campeones (por única vez, campeones) de un torneo barrial. Reí a carcajadas, pero al contemplar la cara de desconcierto de mi hijo, me quedé helado, y lo comprendí: mil veces, a pedido suyo, le había relatado cómo ejecuté ese penal, los nervios que sentía, el palpitar en las sienes, las ganas de correr, de volar, de abrazarme con el cielo cuando el balón tocó finalmente la red… Con andar silencioso fue a su habitación, sin que nadie más notara su desengaño. Por más que haya salido tras él para aclararle las cosas, sus ojos me mirarían por un largo tiempo, o por siempre, desde el cristal hiriente de la duda. ¿Qué había pasado? Los que antaño no brillaban, ahora emitían una llama enceguecedora. Los que habían hecho que otros duplicaran sus energías en el campo, ahora tenían el poder (con nuestro permiso) de acongojar la mente de quienes (inocentemente, simplemente) admiraban a los genuinos y esforzados conquistadores. ¿Por qué no desmentí a X delante de todos para bienestar de mi hijo? No lo contradije porque a lo largo de años y años lo escuchamos y nos reímos con sus invenciones, invenciones que, por otra parte, no le hacían daño a nadie, y jamás persiguieron el propósito de hacerlo. Los X eran, y son, buenas personas. Todos los X que nos rodean, o casi todos ellos, divierten muchísimo con sus estupideces. Busco en mi archivo de notas y leo: el diablo tiene cara de estúpido. No sé o no recuerdo de quién es la frase y tampoco recuerdo para qué la apunté. Cuánto hay de razón: el mundo derrama más lágrimas por imbecilidades que por actos malvados (léase historia universal de la guerra). Pero dejemos atrás el acontecimiento referido a mi hijo, pues me sigue amando y es lo que realmente importa… Ahora bien, ¿qué ocurre cuando los X pasan a ser una voz escuchada en ámbitos más trascendentales que los sillones de un salón para festejar mis cuarenta años? Nada bueno, les aseguro que nada bueno, puede resultar de esto. La ponencia de los X, en el terreno político, religioso, social, económico, cultural y artístico llega mucho, muchísimo más hondo que la de los estudiosos que se chamuscaron las pestañas descifrando libros sobre determinada materia. De pronto descubrimos que los X, más allá de su naturaleza desprovista de maldad, son capaces de causar una hecatombe más grande que la de cien gigantescos volcanes en plena erupción. Temblando, desde la cúspide de un volcán, me pregunto si alguna vez tendré otra oportunidad de contradecir valientemente, respetuosamente a algún X, cortarlo de raíz antes de que la lava candente llegue al río. A veces pienso que mi visión del mundo es tan trivial y simplona, tan elemental como la de cualquier X, y tal vez no soy otra cosa que uno de ellos, sin tomar conciencia… Como habrán notado, todo lo escrito hasta aquí no ha tenido nada que ver con el título de la entrada. Ergo, este texto es defectuoso, inadecuado, malo, flojo. Pero vamos, dichosamente todo el mundo tiene derecho a escribir, y todo el mundo tiene derecho a leer lo que se le venga en ganas. Afortunadamente, es imposible evitar que la gente escriba, o pinte, o toque el piano, o filme películas y haga programas de radio. La otra pregunta que me hago, desde el centro mismo de mi ser, de mi X, es si no es necesario que la gente erudita (que no es mi caso ni dios lo permita, con perdón de ita) se exprese y opine sobre esa libertad vital, razonable, sagrada y justiciera de pretendernos creadores de arte. Porque si los eruditos callan, entonces significa que es exactamente lo mismo contemplar el techo de la Capilla Sixtina que pararse frente a un retrete para siameses en el Museo del Prado (Sigue abajo) 


Alguien podrá decir, bailando sobre otro volcán, que es capaz de conmoverse más, mucho más, ante el inodoro para siameses que ante la Capilla Sixtina, y miles, millones experimentarán mariposas en el estómago contemplando el inodoro. Es verdadero arte, si así lo proclama un numeroso público, es y será arte. Es más, será arte bello y verdadero aunque así lo dictamine una única persona. Prosigamos… Ante esta bendita libertad que tengo de escribir, anodinamente, un breve ensayo en este blog, creo que alguien debería decir algo de José Ortega y Gasset, de Francisco Umbral, de Juan José Millás o Maruja Torres… decir algo sobre su formación intelectual, sus corajes y desvelos por llegar a la excelencia narrativa (algo me hace sospechar que no nacieron escribiendo tan espléndidamente bien)… Alguien debería dedicarle congresos enteros al sudor de Miguel Ángel (sin duda lo hicieron, pero no deberían dejar de hacerlo en cada pueblito del planeta), de lo contrario pintar la Capilla Sixtina sería lo mismo que ganar un campeonato mundial sobre quien se tira la flatulencia más estrepitosa. Más de una vez escribí algún texto que me pareció el mejor de todos los tiempos, y si no el mejor, al menos me colocaba a la misma altura de Borges. Pero tengo una voz interior que mucha veces me rescata, y esa misma voz me dijo: pero la reputísima madre, Orlando, esa igualación, ese empate, esa paridad de ingenio, talento y agudeza mental es del todo inmerecida para con el pobre Jorge Luis, un garrotazo indigno para alguien que no hizo otra cosa que buscar incansablemente la sabiduría, mientras que vos te pasas las veinticuatro horas tirado en la cama viendo partidos de futbol y programas donde cuentan chismes sobre los famosos. Convengamos en que hay libertades que son muy valiosas, y una de las mayores es el derecho a expresarse, y esto conlleva el derecho a expresarnos como artistas. De manera que todos podemos mezclar, alegremente, pinturas en un lienzo. En este nuevo siglo parece que es lo mismo un cantante que otro, un músico que otro, un texto que otro, Carmen y Lola Flores que Chenoa. En el fondo da la sensación de que todos tenemos un poco de artistas, porque todos (a través del canto, la poesía, un diario, una pintada en una pared, un microrrelato…) gozamos y ejercemos el derecho a expresar lo que sentimos. Recuerdo que en la pared de una calle de Toledo, con tiza, le escribí a una chica diciendo que la quería. No sé qué habría pensado Alfonso el sabio, que llevaba muchas horas de haberse ido a Sevilla. Lo dicho anteriormente conduciría a la sencilla ecuación de que el arte es igual a sentimientos, de que uno crea (de crear) a partir de un sentir. Y mi opinión es que no. NO. Hay poetas que le cantan a esos misterios sagrados que son el amor y las mujeres, y cuando abandonan su ordenador es para agarrar a patadas a su pobrecita esposa. El arte quizás, (quizás) no es sentimiento, sino estudio, técnica y una fina noción de aquello que será agradable para el receptor. Si tuvieron la amabilidad de leerme hasta este punto, hagamos un ejercicio mental: tenemos dos músicos, dos violinistas. Uno de los violines posee diez cuerdas, y el otro solamente una. Ambos son buenos músicos, pero el que debe enfrentarse a las diez cuerdas, necesariamente, irreparablemente, tendrá que poner en funcionamiento muchas áreas de su saber para crear algo sonoramente bello. Deberá valerse de ingenios que el otro músico no necesita. Deberá enfrentarse a escollos prácticos muy diferentes a los de su colega. Ambos entretuvieron al público. Algunos aplaudieron la música del primero, otros la del segundo. Unos se regocijaron con la música de naturaleza más trabajosa, y otros con la más sencilla de ejecutar. Lo mismo sucede con ciertos libros de microrrelatos. La cuestión es quién establece o diferencia aquello que es excepcional de aquello que no lo es tanto. Aquello que ha necesitado de un gran arresto intelectual de aquello que (da la impresión a veces) se resolvió en un rato libre. Es preocupante que quienes deben establecer ese contraste no se pongan manos a la obra, y se queden conformes con el viejo canon. Es injusto para con los que, en este preciso instante, persiguen lo óptimo y la perfección, lográndolo o no. El arte que conmueve el alma (no lo que yo malamente escribo), es, pienso, un fruto exquisito, pero al mismo tiempo indócil. Y solo cautivará a aquellas almas que tengan una constitución pluralista, cierto enramado que está a miles de kilómetros de las raíces de las almas más simples. Un alma simple no puede gozar de Borges. Y un alma compleja no puede gozar de textos que se escriben con aerosol en los baños públicos. ¿Será que los críticos no pueden (por falta de capacidad) dejar asentada esta diferencia? Ciertamente, tengo varios amigos en la crítica literaria, muchos de ellos provistos de gran lucidez, buen juicio y una rara clarividencia que no he conocido en otros. Quién soy yo para preguntarles por qué callan en ciertos asuntos…
Por supuesto que no faltará quien esgrima que existen obras de arte majestuosas, cuya naturaleza o trasfondo es de lo más sencillo. Esta afirmación es una falacia. En el corazón mismo de las cosas que parecen simples, como esta silla sobre la cual estamos sentados (hubo una época en que no existían las sillas) fluye un caudaloso río hecho de ingenio. Supongo que hoy en día resultaría muy engorroso realizar un nuevo canon del microrrelato. Y además no es garantía de nada. Todos sabemos que un canon, en cualquiera de sus vertientes, siempre es hijo de un contexto marcado por los favores, la amistad, la simpatía, los compromisos (me animaría a decir que el sexo, pero mejor ni lo escribo) y en última instancia por los méritos de las creaciones. Lo que debería hacerse es nutrir ese canon con una mayoría de obras satisfactorias, portadoras de virtudes propias. ¿Cuáles son las más decorosas? Aquellas que para ser disfrutadas precisan de un paladar exquisito del receptor, un paladar que se sitúa en la mente, y que por un don del cielo o por haberse cultivado, instruido, puede degustar ese alimento. Y este alimento, tan selecto, no puede nunca ser nutritivo para todos. Quizás la función de la crítica sea mejorar o acondicionar los paladares, se me ocurre, para que de un congreso todos salgan más gorditos de lo que entraron... (sigue...)

Culminando, si un artista persigue la perfección o no, es un asunto demasiado personal. Y si acaso la perfección, por estos tiempos, no puede ser alcanzada, si acaso es imposible crear una antología tan extraordinaria como la que hicieron Borges y Bioy Casares, los críticos deberían decirlo abiertamente. Pero también deberían referirse abiertamente a aquellos que, con armas nobles, golpean a las puertas de Alfonso el Sabio aunque nunca se las abran (todos, repito, todos, escondemos la aspiración de sentarnos en esa Corte). Pensemos, también, que no es fácil ser un crítico, porque si él reduce la lista de sus obras preferidas, del mismo modo se empequeñecerá el grupo de amigos y personas que lo quieren. Es disculpable, todos deseamos que nos quieran. Yo me imagino a un investigador o especialista en las primeras filas de un congreso. No le agrada lo que está leyendo el jubilado que viajó especialmente para eso (y de paso festejar sus bodas de oro en otro país). Codea a su pareja y le dice lo mucho que están sufriendo sus oídos. Pero resulta que en la cena de la noche, lo han ubicado justo al lado del buen anciano que leía. Es muy simpático, y su esposa sumamente cordial. Hablan de una futura antología y lo invita a participar. Qué tiene de malo, si es un buen hombre, y de todos los textos que le envíe, alguno rescatable habrá. La erudición no suele estar invitada a estas reuniones. ¿Qué pasa por la mente de la pareja del o la especialista? Esa mujer u hombre que lo/la ama e idolatra pensará: ¿será así de chapucero conmigo? Los silencios dicen mucho sobre nosotros. Yo prefiero el silencio de aquel que, habiendo cruzado nadando el mar de Bering, no dice nada cuando otros presumen, con el pecho inflado, de las cabriolas que hacen en la piscina municipal. Su amante lo mira y piensa: Este hombre (o mujer) sí que vale.
Sepan disculpar, pero ya es hora de mi programa de chismes favorito.

jueves, 12 de abril de 2012

EL COMIENZO



Hace poco alguien me preguntaba si en mis comienzos como escritor yo tenía grandes expectativas con respecto a mis obras y cuál había sido el motor que me empujaba a mejorar en el oficio. Lo cierto es que, en aquel entonces, yo tenía una sola certeza: mis textos no valían absolutamente nada.

martes, 6 de marzo de 2012

NOTA EN DIARIO LA GACETA

"El arranque de un escritor es incierto; uno siente que va por la cuerda floja"
Es tucumano, pero triunfó con sus relatos en España y Estados Unidos. Su libro "Perro diablo", basada en la leyenda del familiar, es de lectura obligada en los colegios secundarios de México. "Escribir me salvó de pegarme un tiro en la cabeza", comentó. Su nuevo proyecto es una novela para adultos.

Cargando, aguarde un momento...
TRAYECTORIA. A los 39 años, Orlando Romano es uno de los escritores tucumanos con más éxito en el exterior. Aún sigue escribiendo en los bares. LA GACETA/FOTO DE JORGE OLMOS SGROSSO. Mientras caminaba por la solitaria avenida Corrientes de Buenos Aires descubrió en un puesto de revistas lo que le desviaría el rumbo: un libro. No cualquiera, sino el clásico "El amor en los tiempos del cólera", de Gabriel García Márquez. Tenía 23 años y había llegado a la gran ciudad con la promesa del trabajo y las oportunidades, pero desde hacía varios meses trabajaba limpiando hipermercados. Entraba a la medianoche y salía cuando la ciudad comenzaba a despabilarse. No le alcanzaba más que para pagar un cuarto en un hotel-residencia (de esos que abundan en la Capital) para el transporte y algunas necesidades básicas. El vicio del pucho lo solucionaba levantando cigarros a medio terminar que encontraba mientras limpiaba. Orlando Romano ahora tiene 39 años, y se permite una risa compasiva. Sentado en un bar pide el tercer café de la mañana y corre hacia un costado el paquete de cigarrillos. En el cenicero humea la última colilla (de una decena).-¿Qué te pasó con el libro?- Leerlo me salvó de la soledad de Buenos Aires y me ayudó a decidirme. Pensé que a mí también me gustaría que otro lograra olvidar los problemas leyendo lo que yo escribía.- La pasabas mal...- Una vez le dije a una periodista que escribir me salvó de pegarme un tiro en la cabeza.- ¿Tanto así?- Se volvió un ávido lector de cuentos y en un cuaderno empezó a garabatear las primeras historias. Las mesas de bares eran su estudio, ese bullicio era preferible antes que la habitación del hotel ("Te encontrás cada personaje en ese lugar", dice cerrando los ojos). De chico había leído todo lo que se le cruzaba; los pocos libros que tenía en su casa de la infancia los había devorado una y otra vez. La soledad le permitió desenterrar aquello que, según él, no hubiese descubierto en Tucumán.Al poco tiempo presentó un cuento en un concurso y ganó. El premio era la publicación de un libro de relatos editado por el Centro Argentino para el Desarrollo y Difusión de Autores Noveles. "Cuentos de un minuto" fue el resultado de su trabajo. Tenía 26 años. "Cuando me nombraron como ganador sentí una emoción muy grande, quería abrazar a alguien pero había ido solo", recuerda. Lo mismo, cuando recibió el primer ejemplar con sus historias. Ese trampolín que fue el libro lo llevó a colaborar en una revista para discapacitados, que a su vez lo vinculó con un editor del diario La Nación, que lo contrató como colaborador para notas de color: frescas y originales. Trabajar para un medio le abrió las puertas al mundo de los escritores porteños, de los círculos, de los bares, de las tertulias, de las técnicas de la ficción, de las reflexiones sobre la vida y, muy importante, de los editores. Estrechó vínculos con Ana María Shua, Carlos Brasca y otro tucumano, David Lagmanovich, de quienes aprendió los secretos del microrrelato. "Aproveché para ir metiéndome de a poco en ese mundo: ¿en qué épocas escriben más? ¿el invierno genera historias de melancolía? ¿dónde escriben?", explicó.Así le llegó la oportunidad de participar de una compilación de cuentos juveniles de terror que iba a lanzar una editorial mexicana."Yo nunca había escrito una novela y menos de terror, pero me embarqué por pedido de un editor español que coordinaba la publicación", recuerda.Varios meses de trabajo que comenzaron en Buenos Aires y terminaron en Toledo, España, dieron como resultado una adaptación de la leyenda popular sobre el perro familiar. Romano había elegido un relato que le había puesto la piel de gallina cuando era chico y decidió conservar los cálidos escenarios tucumanos.Los primeros capítulos que envió a la editorial mexicana fueron decisivos. "Pasó un tiempo hasta que me contestaron diciéndome que mi cuento entraría en la serie de terror. Estaba feliz y lo curioso era que una leyenda tucumana era la que me posicionaba fuera de mi país", aclaró.En España vivió tres años y mientras escribía dabas clases en Talavera de la Reina. Su libro "Perro diablo" comenzó a ser una lectura pedida en los secundarios mexicanos.El salto a Nueva YorkDurante sus años en Buenos Aires había comenzado a entrevistar psicólogos y psiquiatras con la idea de armar un libro sobre historias de parejas. En medio del proceso le quedaban muchas anécdotas en apuntes que había levantado. Historias diminutas, reflexiones, diálogos jocosos que pintaban el mundo femenino desde todos los ángulos.Así nació "La ciudad de los amores breves", microrrelatos de historias de amor de mujeres. "El universo femenino me parece mucho más rico. Cuando escribía algo dicho por los varones lo descartaba porque no tenían la misma profundidad", confiesa.Este librito reúne más de 100 microrrelatos y fue editado en Tucumán por La aguja de buffón. En 2009 el escritor regresó a la provincia con la idea de quedarse. Los años de nómade llegaban a su fin. "No lo vi como una derrota, como pueden pensar algunos; desde aquí sigo escribiendo todos los días", agrega.Y desde allá fue que le llegó el más insólito pedido. Un círculo de lectores de Nueva York (Club Mosaico) estaba buscando un libro de algún autor latinoamericano para comprar con motivo del día de San Valentín. Escarbando encontraron "La ciudad de los amores breves" y decidieron comprar los 500 ejemplares que Orlando tenía. "Esto me sirvió para salir del círculo más bien académico en el que me encontraba. En ese club hay más de 60.000 suscriptos de todas partes", dice.Arrancó con cuentos juveniles, siguió con entrevistas y microrrelatos; ahora está inmerso en su proyecto más ambicioso: una novela para adultos. No tiene prisa ("El arranque del escritor es incierto, sentís que vas por la cuerda floja"), pero serán dos años de largas mañanas en un café: escribiendo y escribiendo. "Hoy, todo lo que viví, cuando lo cuento, me parece de película", concluye.


Juan José Hernández y eso de que nadie es profeta en su tierra.- "Creo que es un escritor que va a ser considerado en unos años como uno de los más brillantes. Con él nos veíamos en Buenos Aires y una vez me contó que una vecina de su barrio cuando se lo cruzó le dijo: 'el otro día vi un texto que estaba firmado con tu nombre: ¿sos vos el que escribís?'. Los que te conocen son los últimos en reconocerte..." (risas). -

La inquietud de un joven sobre la vida de escritor.- "Un día me llegó un mail de un joven que me decía que quería abandonar su vida aburrida de administrativo para dedicarse a escribir. Quería que yo le diera algunos consejos. Le escribí aconsejándole que debía escribir, escribir y escribir; que no era fácil y que tenía que juntar mucho material. Además, le ofrecí contactarlo con algunos editores, pero le aclaré que los réditos económicos recién comenzaban a verse después del séptimo libro. Me contestó que no tenía tiempo para escribir tanto ni ganas, que mejor iba a escribir un solo libro bueno. A veces, queremos las cosas sin poner demasiado esfuerzo". -

El bar de Toledo y cómo valoran el arte.- "Siempre me gustó escribir en bares, por lo general, elijo uno y voy todos los días. Mientras viví en Toledo frecuentaba un bar en particular. Un día se me acercó el dueño y me preguntó qué hacía; le dije 'escribo, soy escritor'. No me contestó nada y se retiró mirándome de forma extraña. Después, cada vez que me veía no quería cobrarme los cafés. Yo me acerqué y le advertí: 'mire que yo no soy conocido, no soy Borges, no soy nada'. Me respondió que no le importaba, que para él era muy importante que yo haya elegido su bar para mi arte".